Aquí, mi segunda historia en este Blog:
Primer encuentro
(El tercer dragón)
La primera vez
que vi a uno de los dragones que apoyan a los Nonans, fue algo único,
maravilloso e irremplazable, tanto creí con ese momento efímero, que podría ser
una imagen inverosímil; ver aquella bestia parecida a una serpiente (de largo),
con bellos en su columna, cara de cocodrilo y cuatro patas a cada extremo con
garra de casi un metro.
Habíamos
embarcado en un Portaaviones Flotante, pudiéndolo hacer desde un risco, debido
a que los PF
son los últimos en potencia de elevación al cielo. Nuestro trabajo era tomar el
control del portaviones, fue fácil por no haber tanta vigilancia.
Encontrándonos con los primeros tripulante, utilizamos nuestras espadas y dagas
largas para asesinarlos sigilosamente, y no ser vistos por la Caballería Gris. Todo el plan iba casi bien: habíamos podido
entra a las habitaciones de la nave, hasta que llegamos a una bóveda, ahí el
equipo caminaba despreocupado, pero siempre vigilantes… Paré unos momentos para
acomodar mi arma de fuego, cuando de la nada, cayó un Gris sobre mis compañeros
que iban unos metros adelante, decapitando a varios, en el suelo, cortándolos,
y después con un giro de elipse degolló a otros; siendo sólo uno, lo eliminamos
fácilmente.
Creyendo que la
amenaza había pasado, de nuevo desde arriba llegaron otros dos Grises, uno con
un fusil disparando a cuanto podía y el otro con una espada. No hubo tantas
bajas como en el primer ataque. Eliminado a los otros dos Grises, un buen grupo
cayó nuevamente de arriba, cargando espadas y fusiles. Supimos entonces que era
una emboscada ¡¿Cómo no me di cuenta antes?! ¿¡Por qué no lo percate, al ver
que pudimos entrar tan fácilmente?! ¡Sí que fuimos estúpidos!
Una batalla
campal se abrió, entre nosotros los Nonans y la Caballería Gris. La espada en
la mano derecha y la daga larga con punta en diagonal en la izquierda, salté,
en el acto cortando a la garganta de
uno, y dando continuamente una patada a otro; me lancé, deslizándome con las
rodillas dobladas, cortando las piernas de varios Grises, seguido, me levanté,
apoyándome en mi mano izquierda, luego moviendo ambos brazos en diagonal
cortando a otro; me dispararon, lo
esquive, luego, le lancé la daga al Gris, corrí hacia él, saltándole encima,
tome de su pecho la daga antes lanzada, decapitándolo con la espada. Y como eran demasiados, giré, cortando los
estómagos a varios Grises más.
Viendo que la
derrota era más que inevitable, mis compañeros soltaron bombas de humo. El
encargado del grupo ya había informado de la situación. Con la confusión mis
compañeros abrieron un agujero en un costado de la bóveda, gracias a la
explosión de una bomba. Salimos. Corriendo en la plataforma, no veía a las
Barcas Errantes esperando, o cualquier otra forma de transporte para poder
escapar, entonces le pregunté al líder por qué no había nada, que sí realmente
saltaríamos al vacio __al parecer, el portaviones, se elevó cien
metros más, sobre el suelo__, el contestó: “¡Tú, sólo salta y ya! Y si
tienes miedo, resale a Jehve”. Dudando, y con temor, ya en los últimos metros, no
sabía que hacer, entonces aceleré la velocidad, y… ¡salte! Sentí una eternidad
en aquel salto, pero solo fueron unos metros, porque caí sobre una Barca
Errante G.
A cien metros de
distancia, varios Grises saltaron por la borda, con Trajes Murciélago (TM) __llamados así, por su
forma, y unas alas que les ayudan a volar__ y otros en Murciélagos
(literalmente), volando a nosotros. A quinientos metros, el portaavion lanzó
misiles tratando de derribarnos, aparte de que los Grises nos estorbaban en el
escape. Tanto como a muchos compañeros y a Grises, derribaron esos “tridentes”
(llamados de esa manera, porque son misiles con tres puntas), estos últimos por
qué fueron alcanzados por las ondas de explosión.
Entonces el
líder, llamó, indicó y ordenó con un transmisor puesto en su muñeca parecido a
un brazalete: “¡Que venga un Celestial!”.
Momentos después,
un rugido ensordecedor y ominoso, rompió e inundo el cielo; entonces ahí lo vi:
un Dragón Celestial, moviéndose hacía el portaaviones de manera ondulante; me
di cuenta que era mucho más grande que el susodicho. Con su colosal cuerpo, se
enrollo alrededor de la nave, y fue apretándolo, veía como crujían los vidrios
al romperse, como se partía igual que el papel. Miraba atónito, no sé si la
escena que ocurría en esos momentos frente a mis ojos, o la colosal bestia
misma. Finalmente el dragón dejo el portaviones convertido en chatarra,
mientras lo dejaba caer.
Nosotros nos
fuimos a con la escolta del dragón en las Barcas Errantes G.
Steven Mires