Hoy me levanté. Era frío, la temprana claridad se colaba por mi ventana, y una notoria falta de nubes de tormenta. Pero el frío calaba, tanto, que cuando salí al patio el vapor salió de mi boca al primer respiro. Creo que mis pies se entumecieron por le contacto del concreto helado. Después me siento en una silla de madera, desgastada por el sol, el viento, y la lluvia; la lluvia que no está para explicar el frío.
Entonces permanezco ahí, sin moverme. Es un rito que he aprendido en mis días de vida, días que no tengo más que hacer. Pienso en las personas que a esas horas caminan ajetreadas por el centro, en medio de edificios viejos, sucios, negros, a punto de caerse ante el mínimo temblor; los imagino ir a sus destino, uno que otro para a comprar un jugo, un café, pan, ¿frances o dulce? Dulce, gracias, gracias a usted. Las palomas en la plaza Gerardo Barrios, frente a Catedral, al vagabundo pide monedas que lo llegan a colocar para conseguir las ganancias del día. Imagino, suspirando (el frío quema) a los agentes que antes que todos los otros, ya estaban presente, también con frío, su café y pan. El perro que desde ayer no encuentra qué comer.
Y pienso que a pesar de la nueva belleza de las plazas, sigue siendo igual.
Pienso que dentro de poco me pondré de pie, y pasare lo que ellos ya han pasado, veré al vagabundo, al perro, al agente, los edificios sucios viejos y a punto de caerse ante cualquier soplo y que además, cuando pase por ahí no lo contemplaré como lo hago ahora por las prisas del estudio, y que tampoco lo haré al regreso por las prisas de llegar rápido a la casa junto a esta silla donde me siento, donde estoy ahora.
Y mientras pienso e imagino, me quedo dormido sin importar el frío que cala o los pies entumecidos.
Y vuelvo a ver todo de otra manera, la plaza, las personas, el perro.